París Burdeos
Llegué a Paris en un plis plas, absorto en la contemplación de unos paisajes como sólo había visto en el cine. Las casas, cada vez que pasábamos cerca de una población- en especial pequeños pueblos-, parecían de juguete, pintadas de diversos y variados colores, con parte de su estructura de madera asomando entre el cemento pintado de los muros. Observé que muchas personas se desplazabanen bicicleta, sobre todo personas mayores. Estaba acostumbrado a ver utilizarla tan sólo a chavales de mi edad, y algo más jóvenes, pero no a señoras, y señores, que pasarían con mucho del medio sigo. Cuando nos acercábamos a Paris el paisaje dejó de ser mi prioridad. Ahora me preocupaba cómo encontrar un tren que tendría que llevarme hasta Burdeos y, de allí a La Rochelle. Disponía de poco más de hora y media para averiguarlo y con mi experiencia en la frontera no me sentía optimista. Colgué la mochila de los hombros y salí al pasillo impaciente. El convoy se adentraba en los suburbios de la ciudad, ya no era tan agradable el paisaje, había humo, chimeneas, grandes naves industriales y poco verdor.Se me habían terminado las provisiones la noche anterior, y no sabría decir si tenía más sed que hambre o viceversa. Apenas contaba con unas pesetas que tenía que estirar, el cambio de moneda era de doce pesetas por un franco, más las comisiones que cobraban en los bancos por efectuar el cambio de divisas. Durante el viaje me había fijado en la gente que ocupaba sus asientos en el departamento, aunque había diferencias en sus facciones no eran tantas, pensé, podría ser gente de cualquier ciudad española. Sí había diferencias apreciables en sus indumentarias, me sentí de pronto diferente, como un pueblerino en Madrid.También eran diferentes los trenes, nada que ver el tercera con asientos de madera que me había traído, desde Madrid a la frontera, con estos asientos de skay, limpios, brillantes, acolchados… a mí me parecieron de pura piel de becerro ruso.La estación de Montparnasse era inmensa. Llena de una multitud incalculable de franceses, aunque también había- como más tarde puede comprobar muchas otras nacionalidades- todo el mundo caminaba a grandes zancadas, con prisa. Intenté para a dos o tres personas para preguntar pero en cuanto pasé del S’il vous plait a explicar- en correcto castellano- mi urgente necesidad de encontrar el dichoso tren a Burdeos me dejaban con la palabra en la boca y seguían a toda velocidad su camino.De aquí no salgo, pensé.Pero salí, salí como mañana os contaré, eso sí con ayuda. No estamos solos.

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